martes, 12 de diciembre de 2017

¿Haz robado la alegría de alguien?





¿Te haz detenido a reflexionar al respecto?
Los ladrones de alegría, ladrones de motivación, pesimistas de la vida ajena... Muchas veces lo somos, a veces no por maldad, no por voluntad furtiva de hacerlo, sino que simplemente lo somos.
Una expectativa quebrada con una palabra negativa, un deseo secado al principio, un NO bien grande sin siquiera oír el pedido entero. ¿Quién nunca lo hizo?
Desgraciadamente, somos capaces de eso, incluso sin la intención de lastimar, pues a veces sólo expresando voluntad propia, nos hacemos ladrones de motivación.
Desmotivar es semejante a lastimar, sólo que el efecto permanece más y llega a ser más doloroso si viene de quien queríamos otra respuesta, de quien esperábamos incentivo. Entonces, intenta no serlo, fija tus respuestas, consulta tu corazón antes de salir opinando en todo, al azar. Decir lo que no se quiere oír es disparar sin desear reacción. Haz lo contrario. Conviértete en un regocijo, en un motivador, en un incentivo. Se el que lleva la buena palabra, aquel que todos esperan oír algo positivo.
Arrestemos a esos ladrones de alegría. Vamos a capturarlos. No les permitamos salir de dentro de nosotros. No juzguemos, no frustremos, no lastimemos, no abandonemos, no menospreciemos. Pongámonos en la posición de los demás. La alegría y el estímulo son el oxígeno del alma. Es lo que nos mantiene fuertes y aptos para afrontar los desafíos de la vida. ¡Entonces, seamos vida para otra persona!
Seamos el empuje hacia adelante, nunca el retroceso. ¡Conseguir realizarse en la alegría de los demás es la clave de nuestra felicidad también!

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