Hoy en día, cuando algo se rompe, nadie más quiere arreglarlo. Nadie piensa sí todavía hay una manera de recuperarlo. Se prefiere desecharlo o reemplazalo. Basura o distancia. El destino probable de algo que se rompe es el abandono. Cuando algo requiere trabajo, es mejor olvidarlo. Y por triste que parezca, muchos también dan este trato a sus relaciones de vida. Amistades, amores, romances, trabajos, relaciones: nadie quiere perder el tiempo: ¿se rompió? ¡Desechalo!. ¿da trabajo? ¡No lo quiero!.
Es cierto que nadie está obligado a soportar lo que no quiere. Todos tienen derecho a tener dudas cuando no saben qué hacer en algunas situaciones. Resta ¿tirar todo al tacho y darle la espalda, de acuerdo con la regla? ¿O intentas arreglarlo? Sin saber cómo hacerlo, terminamos aceptando muchas cosas. Al no tener el coraje de actuar, nos involucramos en la situación. Nos acostumbramos a lo bueno, pero también nos acostumbramos a lo malo. Debemos tener mucho cuidado de no convertir las rutinas en monstruos, devoradores de días, sueños y tiempo. Tenemos que aceptar que no todo tiene reparación, de ninguna manera, no tendrán reparación. Mas es necesario invertir hasta que la certeza de que realmente no valga la pena esté completa. Entonces no hay vuelta atrás, ¡no más!, lo mejor que puedes hacer es abrir la jaula.
Algunos sentimientos necesitan reparación, necesitan que los ayuden a fluir, necesitan de alguien que no mida el esfuerzo y la renuncia para que surja. Algunos sentimientos valen la pena mantenerlos vivos. Algunas personas valen el costo para mantenerlos cerca. Sí ser feliz es el objetivo, no midas la energía para alcanzarlo, para conquistarlo. Haz todo lo posible para ponerte del lado de alguien que te haga bien. Mas ten el cuidado de: darle más valor a las actitudes que salen de los corazones que a las palabras que salen de la boca. No estamos obligados a aceptar todo, sonreír siempre, complacer a todos, guardar silencio. No sirve de nada soñar con arreglar el mundo sí ni siquiera podemos arreglar nuestras vidas. No estamos obligados a tener lo que no queremos tener. Mantener lo que no es esencial. No estamos obligados a arreglar lo que siempre se está rompiendo. Y es necesario que aprendamos a diferenciar, lo que en realidad vale mucho la pena y lo que no.