Es imposible describir cómo nos sentimos ante una situación tan dolorosa como la pérdida de una madre. El dolor es tan grande que sobrepasa el alma y se vuelve física. Los ojos se queman en lágrimas y el corazón parece comprimido dentro del pecho. Sólo quien pasó por eso sabe de lo que estoy hablando.
Se dice que la felicidad y el sufrimiento caminan lado a lado. Estoy de acuerdo. Después de todo, nunca sabríamos reconocer la verdadera felicidad si no hubiéramos sufrido un día.
Mas la pregunta aún sin respuesta es: ¿qué es la verdadera felicidad?
En mi opinión, feliz es aquel que puede manejar las emociones negativas y aprender de las situaciones adversas de la vida, que son inevitables.
No importa lo hermoso, inteligente, rico y feliz que uno sea, pues igual va a ser inevitable tener que lidiar con alguna emoción negativa en algún momento de nuestras vidas, sea el envejecimiento, una enfermedad o la pérdida de alguien querido.
Muchas personas cuando sufren pérdidas, sean emocionales o financieras, pierden también el rumbo. Se deprimen, empiezan a beber, dejan de comer, de cuidar de la propia salud o se aíslan del mundo, etc. y eso acaba convirtiéndose en un espiral sin fin que sólo la lleva, cada vez más, al fondo del pozo.
Creo que esto suele suceder con aquellos que depositan sus motivaciones y la expectativa de ser felices en el empleo, en la pareja, en los hijos, en la casa propia o en cualquier otra cosa que no sea en ellos mismos.
Y cuando pierden el empleo, se divorcian o pierden un hijo, ellos son tomados por una amarga sensación de impotencia en relación a la propia vida y eso los hace completamente infelices.
Lo que necesitamos entender es que, tan importante como ser agradecido por lo que tenemos cuando estamos felices, es saber lidiar con las cosas malas que suceden en la vida de cualquier ser humano. No, no estás siendo penalizado por el universo y tampoco eres la mayor víctima del mundo. Tu sufrimiento, por mayor que sea, no se refiere a nadie, a no ser a ti mismo.
En marzo de 2017 perdí a mi madre.
Pasado el golpe inicial, la vida comenzó a volver a lo normal. Lo que percibí, así que volví a la rutina, es que mi sufrimiento no me hacía especial. A pesar de ser recibida con mucho cariño, nadie me veía como la pobrecita que perdió a su madre. Yo era sólo una persona más, como tantas otras, que no tenía más madre.
Fue cuando entendí que el dolor de la pérdida sólo pertenecía a mí y que yo debería usar ese sufrimiento para aprender algo. Esta sería la forma de agradecer a mi madre por lo que hizo para que yo fuera la persona que soy hoy, aprender de sus errores y aciertos y tratar de ser una persona mejor.
Fue a causa de ese sufrimiento que aprendí a vivir un día a la vez.
Aprendí que los planes a medio y largo plazo son importantes, pero pueden ser tragados por una fatalidad de la vida en un abrir y cerrar de ojos.
Aprendí a aprovechar mejor las cosas simples y maravillosas de la vida como una luna brillante o una puesta del sol en cualquier lugar.
Aprendí a amar sin miedo de perder, porque la mayor pérdida es la del amor que no demostramos.
Aprendí que aquellos que amamos pueden partir sin despedirse, pero en vez de sufrir hay que pensar en que debemos aprovechar mientras ellos están cerca.
Aprendí a cuidar de mi salud y a no estresarme por lo que está fuera de mi control.
Aprendí que yo soy la responsable de mi destino y por todo lo que pasa conmigo, sea bueno o malo.
Aprendí a siempre despedirme con un abrazo, pues no sabemos cuándo será el último.
Aprendí que para todo en la vida existe una solución, aunque no sea la que queremos.
Rescata tu también el valioso aprendizaje que nos deja cada vivencia, sin menospreciar el dolor que muchas veces éstas nos traen.
AnaCe Gonzales-Coach

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